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10 dic 2012

VAMOS... a poner el árbol de Navidad


La Navidad está al caer y ya no hay casa, comercio o calle que no se haya decorado para la ocasión. Guirnaldas, estrellas, bolas de colores, belenes, etc. lucen en todos los escaparates, ventanas y puertas. Da gusto andar por la calle. Pero ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué nos volcamos tanto en decorar nuestras casas? ¿Y el árbol? ¿Por qué ponemos el árbol? Estas preguntas me han rondado durante varios años por la cabeza hasta que al final me he decidido a investigar y obtener respuestas.


Los orígenes del árbol de Navidad no son claros y existen varias historias y leyendas que nos cuentan como surgió y se extendió esta tradición. Una de las historias habla de un sacerdote muy generoso que vivió hace cientos de años en la Alsacia y que cada noche de Navidad repartía ropa, alimentos y dinero entre los más pobres del pueblo. Un año, el párroco quiso innovar y, aprovechando que el cielo estaba estrellado, colocó todos los presentes colgados de un abeto cercano a la iglesia. La idea gustó tanto que desde entonces se repitió todos los años. 

También en Inglaterra tienen su versión. Esta sitúa el origen del árbol navideño en el siglo XVIII y bajo el reinado de Jorge III. Según cuenta la historia, durante las navidades del año 1765, la reina Carlota decidió instalar en el salón más grande del palacio, un árbol adornado con guirnaldas, luces, juguetes y todo tipo de regalos para los súbditos. 

Incluso existe una historia que habla de un niño que, para protegerse del frío de inverno, buscó cobijo en casa de un leñador de su esposa. Estos le dieron de comer y le ofrecieron una cama para dormir. Durante la noche el niño se convirtió en un ángel vestido de oro, el Niño Dios, y para compensar la generosidad de los ancianos les regaló una rama de pino. El ángel dijo a la pareja que si plantaban esa rama todos los años por Navidad les daría manzanas doradas y nueces de plata. Y así fué. 



Aunque quizás, la que puede explicar mejor la existencia del árbol de Navidad en todo el mundo es la que cuenta que los cristianos copiaron esta idea del folclore nórdico. Parece ser que cuando los cristianos llegaron al norte de Europa descubrieron que los habitantes de esas tierras celebraban el nacimiento de Frey, su dios del sol y la fertilidad, decorando un árbol que simbolizaba el árbol del Universo. Como la fecha de esta celebración nórdica era próxima a la Navidad, cuando se produjo la evangelización de las tierras del norte, los cristianos mantuvieron la tradición de adornar el árbol pero para celebrar el nacimiento de Cristo. 

En estos inicios se colocaban manzanas y velas sobre las ramas del árbol. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo. Con el tiempo, las manzanas se han convertido en bolas de colores, las velas en luces eléctricas y se han añadido lazos y guirnaldas que simbolizan la unión de la familia. También se ha cogido la costumbre de coronar el árbol con una estrella que representa la fe de los cristianos. 


De todas maneras, y pese a la existencia de todo este bagaje religioso, hoy en día se adorna el árbol más por tradición que por otra cosa. Incluso, el encendido de las luces de algunos árboles, como el de la Casa Blanca o el del centro Rockefeller de Nueva York, se convierte en todo un espectáculo que nadie quiere perderse; o, en otras ocasiones, se convierte en un foco de polémica que enfronta a los ciudadanos con la clase política; léase el caso del novedoso y luminoso árbol de navidad que este año luce en la Gran Plaza de Bruselas (Bélgica).

Texto y fotografías: Vanesa Hereu

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